Hoy el viejo pescador
ha llamado a mi puerta.
Por cuatro cuartos ha llenado
la bandeja acerada
de colores profundos;
luego,
ha marchado arrastrando
el ruinoso carretón.
Al girarme
un montoncito de escamas plateadas
me impedían el paso
como un trozo de mar
que hubiese venido a saludarme
como un minúsculo desamparo de muerte.