Lo bello siempre llega,
lo creáis o no, a veces aparece
vestido de luz y sal con el mar chorreando
en los negros cabellos de un encuentro casual,
llega y deja
una marca de fuego
y el final de unos labios.
Todo viene y se va
como el viento del norte abrazando noviembre
y anunciando tristeza con bufandas marchitas
manchadas de carmín.
El viento que en las noches
acompaña el insomnio
mientras tres veces, tres, crujen los muebles,
alma de los nogales
cansados de estar muertos.
El viento y el largo y lento latido verde
durmiendo en los jardines
y el silencio que alienta
el tránsito del tiempo en los tacones altos
de la esbelta muchacha
que cruza la avenida incierta de la vida
con incendios que habitan sus ojos encelados,
la muchacha que duda, teme, elige,
y grita para alejar la espera
abriendo el horizonte
sin fin de los instantes,
instantes de palabras
que dejan corazones cosidos en las letras
y luego se abandonan al sabor
de un helado de fresa con aceitunas negras;
rosa, negro, ojos, cabello y otra vez el viento
jugando al escondite con la ciudad gastada
por pequeñas historias de espectáculos tiernos,
tragicomedias íntimas, odios exacerbados,
locos peinando moscas, desesperados que buscan
la noche en los armarios y envuelven en negrura
voces, números, seres.
Sólo la luz dispone
banquetes de colores en las mesas
que esperan cometas de abundancia
y músicas que amansan
las fierezas del día,
y en el patín veloz de la aventura
chicos con pantalones de cielo roto
y miradas perdidas en sueños repetidos
mientras cae la lluvia
sagrado ritual purificando
lo bello que fenece.
Poemari POEMAS. OmniaBooks, 2022.